A lo largo de esta serie de artículos se ha hecho referencia a la competencia del equipo profesional de Terapium para decidir sobre los aspectos relevantes de un abordaje terapéutico. Concretamente, se ha insistido en la importancia del tipo de psicoterapia elegido, el momento de llevarla a cabo y la forma en que va a desarrollarse, todo ello en función de las características y el momento vital de la persona que solicita ayuda psicológica.

Más allá de todo esto, existe, sin embargo, una cuestión cuya importancia no debe subestimarse: la relación entre paciente y terapeuta. En efecto, independientemente del sustrato ideológico, las creencias científicas y las influencias filosóficas que determinen las técnicas que se van a usar durante la terapia, hay que tener en cuenta también el tipo de vínculo que se va a crear entre el profesional y la persona a la que pretende ayudar, y que este es de una naturaleza muy especial.

Es más que aconsejable, por ejemplo, que entre ambos no haya ni haya habido una relación previa, ya sea esta familiar, de amistad o profesional. Esto facilita que el contexto discursivo y los posibles intercambios emocionales estén exclusivamente en función de la terapia, sin la aparición de elementos interpersonales que puedan contaminar o distorsionar de algún modo su desarrollo. Tampoco se trata de que la relación sea fría y distante, ni absolutamente neutra, porque de otro modo, es complicado que se cree el clima de intimidad y confianza que debe reinar durante las sesiones.

Pero entre esos dos extremos existe una amplia región de posibilidades que debe ser explorada por los actores con el objetivo de maximizar los beneficios del tratamiento. En muchas ocasiones, una simple cuestión de carácter, puede ser decisiva para el éxito; en otras deben tenerse en cuenta el género o la edad del terapeuta, pues es posible que, de forma involuntaria, el o la paciente adopte determinados roles que dependan de tales factores. En cualquier caso, hay que tener claro que se trata de una relación presidida por una asimetría básica: de un lado, un profesional realizando un trabajo; de otro, una persona con determinadas necesidades y que busca ayuda.

Por otro lado, y como indica Edward S. Bordin, teórico de la alianza terapéutica, entre profesional y paciente debe existir, además de un vínculo positivo, acuerdo acerca de un par de cuestiones básicas. En primer lugar, sobre los objetivos de la terapia, que deben expresarse con un grado de complejidad suficiente, para huir de generalizaciones y obviedades despreciables y centrarse en fines concretos y bien especificados. Y en segundo lugar, sobre la tareas que deben llevarse a cabo para que la terapia funcione, lo cual incluye el trabajo que el cliente debe realizar por sí mismo, es decir, fuera de las horas en que se ve con el terapeuta.

Así pues, las perspectivas de éxito de una terapia aumentarán considerablemente si a la formación del terapeuta se le suman estas consideraciones acerca de la alianza terepéutica, lo cual es tenido en cuenta por Terapium en todo momento.