Los supuestos en los que se apoya la teoría que dio origen a este tipo de psicoterapia hay que buscarlos en ese enorme cajón de sastre que se conoce como filosofía posmoderna. Lo cierto es que, debido a factores como el rechazo de la sistematización o una profunda crisis de valores, pocos eruditos se ponen de acuerdo a la hora de caracterizar lo posmoderno. Pero, si bien es cierto que esta corriente de pensamiento no está dotada de la unidad y coherencia de los grandes sistemas filosóficos —de Spinoza a Hegel— sí pueden enumerarse algunas rasgos distintivos que pocos discutirían.

En primer lugar, la posmodernidad filosófica huye de absolutos y considera la verdad como algo relativo y, por tanto, múltiple, pues dependerá del prisma con que se miren las cosas. Esto tiene como consecuencia importante, en segundo lugar, que rechaza el dualismo, o sea, la consideración de que las explicaciones son del tipo “o esto o aquello”. Una tercera cuestión importante es que lleva a cabo el llamado giro lingüístico, es decir, la inversión según la cual el pensar no tiene una preeminencia sobre el lenguaje, sino que es este quien moldea el pensamiento. Por último, pero no menos importante, subraya la importancia de reinterpretar los textos desde lo subjetivo, sin esperar que nos informen sobre las supuestas intenciones del autor y sí, en cambio, sobre sus prejuicios.

En la década de 1970, los terapeutas Michael White y David Epston decidieron desarrollar hasta sus últimas consecuencias la idea del giro lingüístico: si el lenguaje estructura el pensamiento, la identidad debe ser esencialmente narrativa, una historia que contamos a los demás y nos contamos a nosotros mismos. Por otro lado, describirnos de cierto modo nos obliga a actuar consecuentemente con la descripción, así que, tal vez, cambiando la narrativa sobre nosotros sea posible modificar nuestro comportamiento. Considerar las cosas de este modo tiene la virtud de situar las problemáticas en el discurso y no atribuirlas a las personas, como si fueran una parte indesligable de ellas. Por tanto, al hablar sobre un trastorno, quien lo padece lo objetiva, es decir, lo separa de sí y lo convierte en algo externo que no tiene por qué pertenecerle.

El paciente de una terapia narrativa, a quien White y Epston llaman autor o co-autor, es quien sabe más, quien maneja toda la información relevante sobre su propia vida, y es quien debe empoderarse y analizar su relato identitario para poder deconstruirlo y reelaborarlo. Aquí, el terapeuta es un colaborador, una especie de periodista de investigación que debe hacer las preguntas adecuadas y guiar al autor hacia una narración plausible y adaptativa, teniendo en cuenta la multiplicidad de las historias posibles y que cada forma de contar lo mismo tiene consecuencias diferentes.

Sabedores de que las palabras no solo tienen un impacto estético, sino que, organizadas y dichas del modo adecuado, producen cambios en la realidad y, en especial, en la conducta de los seres humanos, los profesionales de Terapium saben cuándo y cómo optar por enfoques psicoterapéuticos que tengan en cuenta la narración como eje central de su acción.