Como se vio en el artículo dedicado al psicoanálisis, tanto la psicología de la conciencia como la del inconsciente habían tratado de explicar el comportamiento humano apelando a eventos y propiedades situados en el interior del cuerpo humano. Dicho enfoque se denomina internismo y es heredero de una concepción dualista —de antiguas raíces religioso-filosóficas— para la cual el ser humano está formado por una substancia física (el cuerpo) y otra inmaterial (alma, mente, espíritu). Por su parte, la psicología de la adaptación, con una vocación puramente científica, propuso causas biológicas o fisiológicas para evitar acudir a entidades misteriosas en sus descripciones del comportamiento. Dentro de este punto de vista acabó tomando forma y triunfando el conductismo, una explicación externista que pretendía dar cuenta de todo apelando a estímulos y respuestas (E-R) observables, mensurables y controlables de forma objetiva.

Sin embargo, a mediados del siglo pasado se hizo evidente que el proyecto conductista resultaba claramente insuficiente para explicar los procesos superiores humanos relacionados con la cognición, especialmente el lenguaje, en tanto que conlleva la comprensión del significado de las palabras. Inicialmente, desde el propio conductismo, se propusieron teorías mediacionales que postulaban cadenas de E-R encubiertas (inobservables) en el cerebro. Este neoconductismo era insatisfactorio por sus obvias concesiones al internismo, pero se mantuvo durante cierto tiempo a falta de una explicación mejor.

Por ese entonces, investigaciones en el campo militar, ajenas por completo a esta polémica, habían dado lugar a la aparición de los primeros ordenadores, hecho que cambiaría para siempre no solo el campo de la psicología, sino la misma historia de la humanidad. Para lo que aquí interesa, la aparición de máquinas que parecían pensar ofreció una nueva herramienta con la que la psicología podía hacer frente a los procesos cognitivos. Pronto se instauró un nuevo marco mental en el que la analogía entre ordenadores y seres humanos se hacía irresistible: ¿por qué no suponer que el organismo podía ser una clase de máquina y la mente el programa con el cual funcionaba? De ese modo, la nueva psicología cognitiva tenía un nuevo paradigma explicativo del comportamiento: el procesamiento de la información.

Para entender la importancia de la psicología y la ciencia cognitiva en general es necesario insistir en la consideración de la eterna discusión acerca de si el ser humano es o no una máquina. Para el dualismo cartesiano, tanto animales como personas son mecanismos biológicos complejos, máquinas orgánicas; la diferencia radica en que en el interior del cuerpo humano existe un alma que lo anima y dirige. Este dogma del fantasma en la máquina explica las decisiones de un individuo como si fueran tomadas por un escurridizo homúnculo interno. Naturalmente, esta explicación no es tal, pues solo desplaza el problema de la decisión a otra entidad, más misteriosa aún que el propio ser humano.

La solución desde la psicología cognitiva es de tipo externista, aunque se aleja del simplismo del esquema de E-R: en la máquina no hay ningún fantasma, pero tampoco está vacía, como pretendía el conductismo radical de Skinner, sino que funciona con representaciones internas, como lo hace un programa de ordenador. Para entender esto puede pensarse en el funcionamiento de un termostato, diseñado para regular la temperatura. Esta máquina recibe una serie de inputs (los estímulos del conductista) a través de un termómetro; si la lectura está dentro de los parámetros indicados no hará nada, pero en caso contrario emitirá una serie de outputs (la respuesta) que pondrán en marcha mecanismos reguladores de refrigeración o calefacción, según sea el caso. El programa de un termostato es bien simple, pero los organismos humanos poseerían un software complejísimo. Como se ve, aquí no hace falta recurrir a ninguna inteligencia interna que comprenda lo que está haciendo la máquina (no hay ningún meteorólogo dentro del termostato), simplemente hay un cierto diseño y unas funcionalidades que dan cuenta del comportamiento.

En resumen, ¿qué añade el enfoque cognitivo a la explicación conductista? Nada más y nada menos que el procesamiento interno de la información, llevado a cabo por un sustrato fisiológico diseñado para ello. Como producto de una larga evolución biológica, el diseño y funcionamiento de la maquinaria cerebral produciría la irresistible ilusión de que hay un yo, el fantasma en la máquina del que habla Gilbert Ryle. La psicología cognitiva, apoyada en los avances de la inteligencia artificial, intenta mostrar que es posible prescindir de ese tipo de espectros para explicar la conciencia, como propone el filósofo cognitivo Daniel C. Dennett.