El cambio de paradigma que supuso la irrupción de las ciencias cognitivas tuvo como consecuencia que las terapias psicológicas tomaran un nuevo rumbo: si la mente y el pensamiento podían describirse desde el punto de vista del procesamiento de la información, resultaba muy lógico colegir que las psicopatologías debían de estar causadas por algún tipo de trastorno en las operaciones cerebrales implicadas.

Cualquier actividad que lleve a cabo una persona es susceptible de ser expresada en términos de una determinada gestión de datos con un cierto objetivo, desde realizar un movimiento simple con un brazo hasta comprender una complicada teoría o componer una sinfonía. El concepto “procesos cognitivos” engloba todas esas manifestaciones, aunque, al ser de aplicación tan amplia, su uso genera cierta confusión. En general, suelen dividirse en inferiores o básicos y superiores o complejos. Entre los primeros están la percepción, la atención o la memoria; en cuanto a los segundos, podría hablarse del aprendizaje, la creatividad o la comunicación (lenguaje).

Desde el punto de vista cognitivo, lo que puede provocar sufrimiento o malestar no es la información en sí misma, sino el modo en que la interpretamos y reelaboramos internamente. Terapias cognitivas hay tantas como matices tienen las diferentes interpretaciones de la psicología cognitiva, pero todas tienen en común esa concepción. Por tanto, el objetivo para ellas es ayudar al paciente a encontrar soluciones que modifiquen los procesos cognitivos para que sean suficientemente flexibles, funcionales y adaptativos.

El psiquiatra estadounidense Aaron Beck propuso a mediados de los años sesenta del siglo pasado un modo de reestructuración de los procesos cognitivos para tratar la depresión, que suponía que estaba causada por lo que denominó “distorsiones cognitivas». Según su modelo, las personas reaccionan a diferentes estímulos a partir de una serie de esquemas cognitivos previos que influyen decisivamente en el funcionamiento de los procesos cognitivos con los que estas interpretan el entorno y los sucesos. El contenido de estos esquemas está integrado por creencias de diversa índole que afectan de forma negativa y producen estados patológicos o de displacer. Beck desarrolló una serie de técnicas encaminadas a modificar los esquemas cognitivos de personas deprimidas, para lo cual trabajó con sus creencias acerca de sí mismas, del mundo y del futuro. Con un enfoque similar, el psicólogo norteamericano Albert Ellis diseñó una terapia para la resolución activa de problemas, apoyándose en un discurso de tipo filosófico y dando especial importancia a los aspectos emocionales de la racionalidad.

Otro tipo de abordaje de buen número de trastornos psíquicos es la terapia cognitivo-conductual. Como se vio en el artículo que precede a este, la psicología cognitiva representó, por un lado, un cierto retorno a posiciones internistas que el conductismo había criticado, y, por otro, una superación del simplismo de las explicaciones del comportamiento basadas solo en el binomio estímulo-respuesta. Por todo ello, pudiera resultar paradójico que una terapia aúne ambas corrientes. Sin embargo, esta terapia reintroduce en la ecuación la conducta como un aspecto indesligable de la cognición, una variable que puede ser modificada por los procesos cognitivos y viceversa.

Los profesionales de Terapium, profundos conocedores de estos y otros enfoques relacionados, saben detectar cuándo es posible aplicar una determinada terapia cognitiva dependiendo del trastorno y de las características de la persona que acude a ellos en busca de ayuda psicológica.