Para comprender las diferentes corrientes de pensamiento dentro de la psicología, resulta útil considerar qué grado de separabilidad confieren a los contenidos mentales cuando se enfrentan al problema de la naturaleza de la experiencia consciente. Siguiendo este método, puede trazarse una línea imaginaria en uno de cuyos extremos estarían situadas las concepciones derivadas del empirismo inglés, para el cual el pensamiento está formado por una serie de elementos simples o átomos sensoriales, que se combinan según ciertas reglas para dar lugar a ideas de complejidad creciente. En el extremo opuesto se hallarían las teorías holísticas, que mantienen que no existe una construcción a partir de elementos simples, sino que las ideas complejas se presentan inmediatamente a la experiencia como un todo con significado.

Hacia finales del siglo XIX, Christian von Ehrenfels, al ocuparse de las percepciones complejas —y no de los elementos que las componían— abogó por la existencia de una cualidad Gestalt (o cualidad formal) que la mente añadía al acto perceptivo para dotarlo de sentido. Tal cualidad permitía que, por ejemplo, una persona, al observar un triángulo, no percibiese tan solo tres líneas que se cruzan, sino un todo organizado. Fue este un primer paso desde el atomismo hacia el holismo en el campo de la psicología, pero el verdadero punto de partida del movimiento Gestalt puede situarse en las investigaciones que en 1912 Max Wertheimer realizó del fenómeno phi utilizando como sujetos a Wolfgang Köhler y Kurt Koffka, los otros dos grandes psicólogos de la Gestalt.

Para Wertheimer, la Gestalt no era simplemente una hipótesis psicológica o una teoría de la percepción, sino una Weltanschauung (visión del mundo) que postulaba que la realidad es una totalidad coherente organizada en partes significativas determinadas por la naturaleza intrínseca del conjunto. Dicho de otro modo, que el todo es más que la suma de las partes y, además, que tiene una preeminencia ontológica (preexiste) respecto a ellas.

La evolución y el desarrollo de estos presupuestos teóricos durante la primera mitad del siglo XX permitió al catedrático Paul Goodman, a partir del trabajo de Fritz y Laura Perls, sentar las bases de la terapia gestáltica, que, centrada más en los procesos —el cómo— que en los contenidos —el qué—, aplica el holismo a la descripción e interpretación de lo humano. Así, en sus formulaciones, por un lado, huye de la dicotomía mente/cuerpo, para centrarse en el organismo como un todo que se autorregula y busca un equilibrio homeostático; y por otro, sitúa el pensamiento y la acción en un mismo plano, de modo que se otorga tanta importancia a lo expresado o reflexionado como a lo que efectivamente se hace.

En esta visión, la dimensión patológica queda reducida a un mero desequilibrio o incapacidad organizativa que la terapia de la Gestalt pretende restaurar mediante un enfoque en el que, en un contexto de presente absoluto (el aquí y ahora) el profesional procura facilitar al cliente (ya no paciente) las herramientas necesarias para que adquiera la conciencia plena de su capacidad de autorrealización.

El equipo de Terapium se caracteriza por conocer perfectamente todas las técnicas psicoterapéuticas existentes y es capaz de discernir en qué momento, a qué personas y de qué modo podría ser aconsejable aplicar un enfoque gestáltico.