Apenas superada la primera década del siglo XX, la psicología experimentó un cambio de rumbo radical con los planteamientos que John Broadus Watson expuso en su artículo La psicología tal como la ve el conductista. Como consecuencia de su trabajo inicial con animales, este científico estadounidense, acostumbrado a tener en cuenta únicamente el comportamiento de los especímenes con los que experimentaba, llegó a la conclusión de que podía prescindir de todo el aparato conceptual que hasta ese entonces se había manejado para explicar el funcionamiento de la psique humana.

Su crítica al método introspectivo, que tanto los psicólogos de la conciencia como los del inconsciente utilizaban, era que no resultaba científico porque dependía de elementos personales únicos y subjetivos. Influido por el positivismo, pretendía un método de estudio objetivo como el de otras ciencias naturales, en el que solo se tuvieran en cuenta las explicaciones físicas o químicas en términos de causas y efectos. De este modo, con su teoría no solo puso al hombre en el mismo plano que al resto de seres vivos, sino que, aplicando la navaja de Ockham, transformó el proyecto de la psicología: no se trataba ya de estudiar unos supuestos estados de conciencia, sino de centrarse en los estímulos observables y las respuestas que estos provocaban en los organismos. Por tanto, la tarea del psicólogo debía ser describir la conducta sin apelar al alma ni al cuerpo, alejándose así de toda la tradición mentalista, cuyos orígenes pueden rastrearse, por lo menos, hasta la obra de Platón.

Una contribución importante a este nuevo enfoque la realizó el ruso Iván Pávlov, que —también estudiando el comportamiento animal— había descubierto la posibilidad de alterar artificialmente la relación que había entre ciertos estímulos y sus correspondientes respuestas. Llamó a este fenómeno reflejo condicionado y descubrió que podía hacerse más intenso y duradero mediante acciones de refuerzo positivo (premios) o negativo (castigos). Así pues, los teóricos del conductismo dispusieron de una herramienta eficaz con la cual sustituir al método introspectivo, al que consideraban dudoso cuando no falaz.

De pronto había surgido la capacidad de ejercer un cierto tipo de control sobre la conducta, lo cual contribuyó decisivamente al desarrollo de la psicología aplicada, una disciplina eminentemente práctica que buscaba solucionar cuestiones de índole social o individual y eliminar problemas artificiales relacionados con los equívocos acerca de la mente, la conciencia y demás entidades escurridizas. Un ejemplo de ello fue la aparición de la psicología clínica en un contexto dominado por los estragos causados por los terribles conflictos bélicos del siglo pasado. La imperiosa necesidad de tratar los numerosos desórdenes psíquicos que aquejaban tanto a soldados como a víctimas tuvo como consecuencia la evolución y creación de numerosas técnicas psicoterapéuticas. Y dado que las ideas conductistas fueron las que ejercieron un mayor dominio dentro de la psicología en el período de entreguerras, la psicoterapia adoptó numerosos procedimientos basados en ellas.

Como ocurrió en el caso del psicoanálisis, el conductismo creció y evolucionaron en su seno numerosas corrientes, cada una con sus matices. Eso y la acumulación de conocimientos derivados de una larga práctica en psicopatología clínica ayudó a perfeccionar y aprender acerca de las técnicas conductistas. Sabedores de estos pormenores, los profesionales de Terapium conocen cuáles de estos procedimientos resultan más eficaces según el trastorno y el individuo, y también cuándo y cómo deben ser aplicados.