La práctica totalidad del saber científico del que disponemos hoy en día hunde sus raíces de un modo u otro en la filosofía. Esto es válido para las matemáticas, la física o la cosmología y, también, para la psicología. Ejemplo de ello es el constructivismo, que, como epistemología, se plantea, por un lado, cómo conocemos y, por otro, si el conocimiento nos revela de algún modo la realidad.

Hasta la aparición del filósofo Immanuel Kant, respecto a estas cuestiones existían principalmente dos puntos de vista: para el racionalismo, el conocimiento se adquiría a través de ciertas ideas innatas, lo que otorgaba la posibilidad de un acceso directo y objetivo a lo real; por contra, para el empirismo, cualquier idea se formaba a posteriori a partir de nuestras percepciones, de modo que lo que se conocía no era la realidad en sí misma, sino una copia imperfecta que la mente humana hace de ella.

En su Crítica de la razón pura, Kant razona que el conocimiento se construye a partir de datos de la experiencia estructurados según ciertos elementos a priori. Dicho de modo más simple, que ordenamos lo que llega a través de nuestros sentidos según unas reglas universales que no forman parte de la realidad externa, sino de nuestra mente. De esta teoría, que constituye un equilibrio y una superación de las anteriores, se desprende que el ser humano no puede conocer las cosas en sí mismas, sino solo sus propias interpretaciones, construidas con sensaciones procedentes de los objetos y según categorías que el sujeto impone.

Este tipo de enfoque empezó a tomar forma en psicología de la mano de Frederic Bartlett, que entendió la memoria como reconstrucción elaborada de forma activa por la mente, en virtud de ciertos esquemas que determinan nuestra actitud respecto de la experiencia y no como mera colección de fotografías de sucesos almacenados sin más en nuestro cerebro. Por su parte, Jean Piaget fue tal vez el psicólogo constructivista más influyente y en su trabajo intentó superar el ambientalismo del conductismo sin hacer demasiadas concesiones al innatismo. Para él, el conocimiento no surge del objeto o del sujeto, sino de la interacción entre ambos.

En el campo de la psicoterapia, las aportaciones fundamentales en este sentido se deben a George Kelly, para quien la construcción y reconstrucción de la experiencia del paciente resulta clave si quiere maximizar la cantidad y calidad de sus experiencias vitales. Según él, la conducta está determinada esencialmente por constructos personales, que son pensamientos, conocimientos y sentimientos elaborados a partir de una realidad externa y, sobre todo, de expectativas aportadas por el sujeto. Es precisamente a partir de varios postulados acerca de estos constructos que es posible reelaborar la experiencia de un paciente en una terapia.

Los profesionales de Terapium saben cuándo poner el énfasis de un tratamiento en este particular punto de vista, teniendo en cuenta que cada persona dispone de constructos diferentes según su particular experiencia vital.