El término “psicoterapia” proviene de la combinación de dos palabras de origen griego: psyché, que significa “alma”, y therapeia, que podría traducirse por “atención” o “alivio”. En este sentido, etimológicamente más primitivo, podría decirse que la psicoterapia es una actividad que siempre ha existido, pues desde antiguo, en toda organización social siempre hubo una figura que se encargó del cuidado del espíritu de sus integrantes. Naturalmente, la persona que se ocupaba de esa labor —brujos, chamanes y sacerdotes en un principio; filósofos y médicos con posterioridad— y el modo en que lo hacía fueron variando con el correr de los siglos, en función de la evolución de las concepciones sobre el mundo y el ser humano que sostuvieron las diferentes sociedades.

Sin embargo, el significado que hoy tenemos asociado a la psicoterapia no comenzó a fraguarse hasta bien entrado el siglo XIX, con el advenimiento de lo que en este blog hemos venido denominando como ciencias “psi”, especialmente la psicología. Así pues, la psicoterapia pasó a ser el método y el conjunto de acciones que llevaba a cabo el estudioso de la psique humana —ya sin las connotaciones asociadas a lo espiritual o religioso— con vistas a modificar el comportamiento de los pacientes que acudían a él o a procurar una mejora de su bienestar.

Estos modernos “cuidadores de almas” manejaban un universo conceptual radicalmente distinto surgido del método científico y en el cual se concebía la mente como objeto de estudio inmanente. De este modo, se empezaron a formular hipótesis acerca de su naturaleza y su modo de funcionamiento. Para intentar verificar o refutar sus teorías, los psicólogos acudían al método empírico, estableciendo experimentos que las confirmaran o descartaran, como hacían los físicos lo los químicos.

Si es cierto que toda teoría científica maneja supuestos y conceptos previos que no pueden ser explicados en su totalidad por la propia teoría, todavía lo es más en el caso de la psicología, cuya conexión con otras áreas del saber —de tipo más humanístico— siempre ha dificultado enormemente alcanzar su sueño de una total emancipación de un discurso de tipo más filosófico o, en cualquier caso, meramente teórico. Ese es el motivo no solo de la variedad de enfoques que se han dado en su seno, sino también de que algunos de ellos presenten notables incompatibilidades con otros, sin que existan criterios objetivos para decidirse por alguno de ellos en vez de por otro.

Por tanto, en la actualidad, coexisten diversas escuelas de psicología que implican concepciones heterogéneas, en mayor o menor grado, sobre la naturaleza del sujeto, del objeto y de su relación. No es de extrañar, pues, que la interpretación de las patologías mentales y la forma de abordar las terapias asociadas a ellas sean igualmente variadas. Es precisamente en este punto, donde pueden surgir dudas acerca de a qué persona acudir o a qué tipo de psicoterapia recurrir en un determinado caso.

La formación de un profesional de la psicología debe permitirle valorar cada caso con vistas a elegir el mejor modo de intervención, aunque es cierto que muchos psicólogos se especializan en un método u otro. Incluso hay centros enteros que siguen las enseñanzas de determinada escuela y se especializan en su forma de encarar los tratamientos. No es el caso de Terapium, cuyo personal especializado domina todas las técnicas terapéuticas disponibles y las aplica en función de criterios estrictamente psicológicos.

Sin ánimo de fomentar una elección unilateral del tipo de psicoterapia por parte de los pacientes, el equipo de Terapium ha creído conveniente realizar una serie de artículos en este blog para explicar a grandes rasgos la historia, la estructura conceptual sobre la que descansan y la metodología psicoterapéutica de las escuelas más importantes en psicología, pues siempre resulta de gran ayuda profundizar en el qué y el cómo, sobre todo en asuntos tan importantes como pueda ser una psicoterapia. Sirva este artículo, entonces, de presentación.

El término “psicoterapia” proviene de la combinación de dos palabras de origen griego: psyché, que significa “alma”, y therapeia, que podría traducirse por “atención” o “alivio”. En este sentido, etimológicamente más primitivo, podría decirse que la psicoterapia es una actividad que siempre ha existido, pues desde antiguo, en toda organización social siempre hubo una figura que se encargó del cuidado del espíritu de sus integrantes. Naturalmente, la persona que se ocupaba de esa labor —brujos, chamanes y sacerdotes en un principio; filósofos y médicos con posterioridad— y el modo en que lo hacía fueron variando con el correr de los siglos, en función de la evolución de las concepciones sobre el mundo y el ser humano que sostuvieron las diferentes sociedades.

Sin embargo, el significado que hoy tenemos asociado a la psicoterapia no comenzó a fraguarse hasta bien entrado el siglo XIX, con el advenimiento de lo que en este blog hemos venido denominando como ciencias “psi”, especialmente la psicología. Así pues, la psicoterapia pasó a ser el método y el conjunto de acciones que llevaba a cabo el estudioso de la psique humana —ya sin las connotaciones asociadas a lo espiritual o religioso— con vistas a modificar el comportamiento de los pacientes que acudían a él o a procurar una mejora de su bienestar.

Estos modernos “cuidadores de almas” manejaban un universo conceptual radicalmente distinto surgido del método científico y en el cual se concebía la mente como objeto de estudio inmanente. De este modo, se empezaron a formular hipótesis acerca de su naturaleza y su modo de funcionamiento. Para intentar verificar o refutar sus teorías, los psicólogos acudían al método empírico, estableciendo experimentos que las confirmaran o descartaran, como hacían los físicos lo los químicos.

Si es cierto que toda teoría científica maneja supuestos y conceptos previos que no pueden ser explicados en su totalidad por la propia teoría, todavía lo es más en el caso de la psicología, cuya conexión con otras áreas del saber —de tipo más humanístico— siempre ha dificultado enormemente alcanzar su sueño de una total emancipación de un discurso de tipo más filosófico o, en cualquier caso, meramente teórico. Ese es el motivo no solo de la variedad de enfoques que se han dado en su seno, sino también de que algunos de ellos presenten notables incompatibilidades con otros, sin que existan criterios objetivos para decidirse por alguno de ellos en vez de por otro.

Por tanto, en la actualidad, coexisten diversas escuelas de psicología que implican concepciones heterogéneas, en mayor o menor grado, sobre la naturaleza del sujeto, del objeto y de su relación. No es de extrañar, pues, que la interpretación de las patologías mentales y la forma de abordar las terapias asociadas a ellas sean igualmente variadas. Es precisamente en este punto, donde pueden surgir dudas acerca de a qué persona acudir o a qué tipo de psicoterapia recurrir en un determinado caso.

La formación de un profesional de la psicología debe permitirle valorar cada caso con vistas a elegir el mejor modo de intervención, aunque es cierto que muchos psicólogos se especializan en un método u otro. Incluso hay centros enteros que siguen las enseñanzas de determinada escuela y se especializan en su forma de encarar los tratamientos. No es el caso de Terapium, cuyo personal especializado domina todas las técnicas terapéuticas disponibles y las aplica en función de criterios estrictamente psicológicos.

Sin ánimo de fomentar una elección unilateral del tipo de psicoterapia por parte de los pacientes, el equipo de Terapium ha creído conveniente realizar una serie de artículos en este blog para explicar a grandes rasgos la historia, la estructura conceptual sobre la que descansan y la metodología psicoterapéutica de las escuelas más importantes en psicología, pues siempre resulta de gran ayuda profundizar en el qué y el cómo, sobre todo en asuntos tan importantes como pueda ser una psicoterapia. Sirva este artículo, entonces, de presentación.