Características de la persona limítrofe

Bienvenidos al reino del caos. Si en el trastorno esquizoide la desesperación llegaba de la mano de una indiferencia monótona y cruel, de una especie de grisura emocional que lo absorbe todo como un agujero negro, en este caso podemos vernos envueltos en el incendio de una fábrica pirotécnica, sin saber cuándo ni cómo van a estallar los fuegos artificiales.

Las personas con trastorno límite de la personalidad presentan una alteración de la identidad caracterizada por una notable y persistente inestabilidad en la imagen que tienen de sí mismas, lo cual repercute en una personalidad fragmentada, en la que la confusión acerca del papel a jugar en la vida, la indefinición, la desorientación y el miedo a la soledad provocan a menudo un vacío existencial angustiante. Podría decirse que, para ellas, la introspección resulta una experiencia aterradora.

Impetuosas e irreflexivas en sus acciones y en la toma de decisiones, estas personas suelen ser impulsivas en cuestiones que entrañan un peligro potencial para ellas, como, por ejemplo, la conducta sexual o el consumo de drogas. Por tanto, es frecuente que recurran también a la automutilación y a intentos o amenazas suicidas recurrentes.

Cualquier atisbo de una gestión mínimamente racional de la relación interpersonal es borrado del mapa y engullido por un auténtico torbellino, que atestigua la falta de control en la expresión de las emociones (sobre todo la ira, tan gratuita como intensa). Durante períodos de estrés extremo, pueden darse episodios de ideación paranoide transitoria o síntomas disociativos como la despersonalización.

Comportamiento afectivo

Las relaciones de una persona limítrofe suelen ser intensas y muy inestables, debido a la notable fluctuación de su estado de ánimo, que pasa con suma rapidez de un estado depresivo a la irritabilidad o a la ansiedad. El trasfondo de todo esto está dominado por una baja autoestima y un grado de autoconocimiento deficiente. Quien se quiere poco, duda del amor que otros le puedan profesar y le cuesta corresponderlo. Pero si momentáneamente superan ese océano de desorden y multiplicidad en el que viven y logran establecer una relación (o algo que se le parezca), es normal que realicen frenéticos esfuerzos para evitar un abandono real o imaginado.

El problema es que, simultáneamente a ese pavor de quedarse sola, la persona limítrofe experimenta un profundo miedo a la intimidad. Teme querer porque cree que la dejarán y es incapaz de dejar porque ama (el clásico “ni contigo ni sin ti”, pero exacerbado). La persona esquizoide solventa su miedo a la intimidad alejándose; la persona dependiente resuelve su miedo a la soledad apegándose; pero la limítrofe, incapaz de decidirse, fluctúa de un lado a otro en constante contradicción. Da la sensación de que le gustaría ser dependiente, pero carece de recursos. En este contexto se produce un curioso círculo vicioso: el miedo al abandono la lleva a adoptar un patrón de sumisión (para protegerse de una posible separación) semejante a una especie de martirio virtuoso; como nunca llegan a considerar adecuado el grado de seguridad que les ofrece la pareja, pasan a un patrón de ira, agresión y autolesión; obviamente, esto produce el tan temido alejamiento de la pareja, lo cual se interpreta como una confirmación de que, verdaderamente, ella no es digna de afecto; si eso es así, ¿cómo no temer el abandono?; y vuelta a empezar.

Toda esta inestabilidad emocional provoca un pensamiento de tipo dicotómico, es decir, aquel en el que todo es blanco o negro y no hay términos medios: bueno o malo, todo o nada, éxito o fracaso, amor u odio. Este tipo de interpretaciones extremas dependen de procesamientos internos de la información incontrolables y dan lugar a estados de ánimo azarosos; pero aunque fueran anticipables, todavía quedaría cómo lidiar con ellos.

Tipología de las posibles parejas

Cuando la persona con trastorno límite está en modo estable es atractiva, despliega buen humor, inteligencia, osadía y liberalidad, lo cual puede resultar muy cautivador. Adentrarse en su mundo puede ser una experiencia arrolladora, diez veces más intensa que acercarse a una persona histriónica, porque no trata de esconder su manera de ser y busca sexo, experiencias extremas y acompañantes que le sigan la corriente, con seductoras promesas de extravagancia, emoción desbordada y sinceridad.

¿Candidatos? Pues masoquistas, personas con aburrimiento crónico, enamoradizos patológicos y todo aquél que busque emociones fuertes. Pero existe un estilo afectivo que encaja a la perfección en este caso: el de la persona con trastorno antisocial. Ya se vio cómo demostraba tener una falta absoluta de empatía y, por tanto, de compasión; por eso, la vorágine en la que está sumida la persona limítrofe, y a la cual arrastra a quien no esté sobre aviso, lejos de resultarle algo insoportable, le parece divertida, interesante y estimulante. Una bomba de relojería y una persona adicta a la adrenalina del peligro: se avecina tormenta.

Advertencias y recomendaciones

La ayuda psicológica y/o psiquiátrica permiten reacomodar en parte la mente de una personalidad límite, pero en las relaciones afectivas es donde el impacto de una terapia puede constatarse menos, ya que es su punto más débil. Todo depende del grado de la patología y de la concepción que del amor tenga su pareja, es decir, hasta qué punto va a sacrificarse para seguir adelante.

Es posible que algunas personas se sientan identificadas con alguno de los rasgos o las conductas de los que aquí se ha hablado. En modo alguno eso significa que padezcan un trastorno de la personalidad: todos manifestamos en un cierto grado características que corresponden a uno o a varios de los arquetipos estudiados, pero normalmente están compensados de forma que la personalidad queda dotada de una cierta estabilidad y equilibrio. La alarma solo debe sonar si los síntomas son muchos y, sobre todo, si son lo suficientemente intensos y prolongados en el tiempo como para provocar un deterioro funcional y un malestar subjetivo evidente.