Consideraciones etimológicas

En el artículo dedicado al trastorno paranoide, se explicó que el sufijo eidos significa “con apariencia de”, como, por ejemplo, en “romboide”, sustantivo o adjetivo que se aplica a las figuras que tienen forma similar al rombo, aunque sin llegar a serlo. Así, el término “esquizoide” se utiliza en psiquiatría para referirse a las personas cuya estructura mental es comparable a la que se manifiesta en los casos de esquizofrenia.

En cuanto a esta última palabra, se trata de un neologismo acuñado a principios del siglo XX por el psiquiatra suizo Eugen Bleuler. Está formado por los vocablos griegos schizein (cortar, separar) y phren (mente). Por tanto, se aplica a enfermedades que, según el Diccionario de la Real Academia Española, se caracterizan por una disociación específica de las funciones psíquicas.

¿Por qué “esquizoide” y no “esquizofrenoide”? Existe un trastorno llamado “esquizofreniforme” —donde el sufijo latino forme cumple la misma función que el proveniente del griego oide— cuyas características son idénticas a las de la esquizofrenia, excepto en lo relativo a la duración de la enfermedad y el deterioro de la actividad social que provoca. Estando, por tanto, ocupada esa palabra para referirse a un trastorno distinto, se optó por suprimir phren de la palabra compuesta para referirse al trastorno de personalidad del que aquí se va a hablar.

Así pues, y dicho en lenguaje más simple, la persona esquizoide es aquella que se comporta como si tuviera la mente escindida.

Características de la persona esquizoide

Acercarse a personas con este trastorno de la personalidad es como intentar entrar en la cueva de un ermitaño. No resulta especialmente peligroso, pero sí muy frustrante debido a la indiferencia que muestran ante la oportunidad de establecer algún tipo de relación; se diría, a lo sumo, que es algo que les produce un cierto rechazo. Rehúsan voluntariamente a sus lazos familiares y huyen de la pertenencia a cualquier tipo de grupo social. Para ellas el aislamiento es un bien que pretenden preservar dedicándose a actividades solitarias y aficiones que no requieran entablar relaciones con otras personas.

Inmersas en un mundo en el que nada importa demasiado excepto el convertirse en un objeto inanimado, es normal que estas personas manifiesten escaso interés en tener experiencias sexuales, apenas tengan amigos o sientan algún tipo de placer a partir de experiencias sensoriales, corporales o interpersonales. Inmunes a cualquier tipo de crítica, les importa un bledo lo que las demás piensen de ellas, actitud que parece la versión negativa del comportamiento histriónico, obsesionado por la apariencia.

La poca expresividad y el desinterés absoluto por las sutilezas de las normas sociales las hace parecer ineptas o patológicamente abstraídas. Es como estar ante un actor o actriz con una máscara neutra pero sin gestualidad alguna ni reactividad emocional. Frías, inactivas, distantes y apáticas, son la antítesis del trastorno bipolar y demuestran una incapacidad total para experimentar emociones fuertes como ira o alegría. Podría decirse que una persona esquizoide encarna la ultima ratio de la pasivo-agresiva, en el sentido de que ha resuelto el conflicto entre sumisión y rebeldía a favor de una autonomía total.

Comportamiento afectivo

Parece realmente complicado que una persona se relacione de una manera más o menos sana si rinde culto a la libertad de forma que su independencia sea innegociable y se halle en la cúspide de sus valores éticos. Una relación amorosa necesariamente implica una relativa y recíproca invasión de la intimidad, pero si el afecto es visto como una forma de esclavitud, el proyecto de pareja parece irrealizable e incompatible con la tan deseada soledad. Sin embargo, todo esto dista mucho de ser obvio y hay un par de aspectos sobre los que vale la pena reflexionar.

En primer lugar, hay que distinguir entre aislamiento y soledad. En el primero se da una ausencia total de vínculos sociales y afectivos, mientras que la soledad es algo distinto, menos radical y que, a lo largo de la historia, en tanto que valor, ha sido interpretado de diversas formas. En este mundo de hoy, donde las redes sociales fomentan un exceso de relaciones virtuales que pone en peligro nuestra intimidad, por ejemplo, no está nada claro que la persecución de momentos de soledad sea un mal síntoma. ¿Y acaso no hay una tendencia esquizoide en la proliferación de las ciberrelaciones, que no solo procuran distancia espacial y afectiva, sino ausencia de peligros y compromisos?

En segundo lugar, no deja de ser cierto que la aparición de un afecto ata de un modo u otro. No en vano, el budismo interpreta el apego como uno de los eslabones de la cadena que impide que nos liberemos de este mundo de sufrimiento. “Hay que desterrar todo deseo para poner fin al samsara, ciclo de la existencia condicionada”, nos dice. De modo que las cosas no son tan sencillas y no todo el que defiende su parcela de soledad o se da cuenta de la carga que supone cualquier vínculo afectivo es un enfermo. Lo preocupante es que la soledad se eternice y acabe convirtiéndose en aislamiento o que no se comprenda que amar a alguien y entregarle parte de nuestra libertad también reporta satisfacciones aparte de algunas cargas.

El problema en el caso del trastorno esquizoide es que esa especie de analfabetismo emocional que lo caracteriza, esa imposibilidad de tender puentes con la realidad circundante y de crear vínculos afectivos no es producto de una decisión meditada, sino de una incapacidad, tal vez congénita, de procesar información emocional o afectiva propia y ajena. Un estilo afectivo así, pone a prueba la supuesta preferencia por la indiferencia frente al odio. El odio, al menos, nos interpela y asegura que estamos frente a alguien, pero lo otro es como quedar flotando en la nada.

Una forma de entender cómo es la persona esquizoide en una relación es pensar en una persona dependiente: es exactamente el polo opuesto. Impasible y sin ningún entusiasmo, resulta insuperable en esa lucha que mantiene toda pareja por ver quién necesita menos a la otra persona. Solo cabe decir que tan nociva es la indiferencia radical como la obsesión.

Tipología de las posibles parejas

Sí, como siempre, hay personas que encajan en un relación con personas con este trastorno. ¿Cómo ocurre y en virtud de qué vulnerabilidades personales? Hay que decir que al comienzo de la relación tóxica no se detecta la incapacidad de dar y recibir afecto que tienen la personas esquizoides. Más bien, parecen respetuosas y algo misteriosas, lo cual resulta atractivo para mucha gente. Pero en verdad es un espejismo producto de la ingenuidad que preside todo inicio de posible romance: su distanciamiento es percibido como tolerancia y consideración, mientras se confunde lo misterioso con la fobia a la intromisión (suelen ser muy reservadas). La otra persona siente que está frente a alguien a quien quisieran conocer más profundamente, pero estos “defectos” se intensifican cuando aparece el amor y el asunto se vuelve paradójico y cruel.

La primera candidata es aquella persona que necesita imperiosamente que se respeten sus espacios y su independencia. No es necesario que también tenga tendencias esquizoides, aunque también podría funcionar en ese caso. Lo que ocurre es que ese presunto respeto por la intimidad de la otra persona en verdad oculta el deseo ferviente de que no se entrometan en sus cosas. Poco a poco el encanto inicial se irá desvaneciendo a medida que el misterio se convierte en hermetismo y el proyecto de compartir autonomías queda en un mero mantenimiento de las distancias.

La segunda es aquella para la cual cualquier desafío es una motivación y toda conquista un reto. Alguien distante que no muestra interés es una verdadera provocación y una oportunidad para subir la autoestima, pero convertir la relación en un reto es un riesgo que nadie asumiría si supiera que no va a poder superarlo. Enamorarse de un acertijo con patas es peligroso y normalmente estas personas incautas descubren demasiado tarde que interesante es la persona que aporta, no la que esconde.

Advertencias y recomendaciones

Las estrategias de supervivencia afectiva son dos: intentar mimetizarse y descubrir penosamente la diferencia entre parecer indiferente y serlo; o exigir que la persona esquizoide demuestre un afecto sincero y descubrir penosamente la diferencia entre parecer cariñoso y serlo. Complicado.

Es preciso ser cuidadoso y distinguir muy bien cuándo se está ante simples rasgos de carácter o ante una patología. A buen seguro que muchas personas se puedan sentir identificadas con algunas de las conductas o características explicadas aquí, pero eso no significa que padezcan ningún trastorno. Dicho de modo más técnico: la alarma debe sonar solo en el caso de que las características esquizoides sean inflexibles, persistentes y ocasionen un deterioro funcional o malestar subjetivo.