Características de la persona antisocial

Si hubiera un ranking de peligrosidad de los desórdenes a los que se dedica esta serie de artículos, seguramente el estilo afectivo antisocial ocuparía los primeros puestos, pues no solo es una forma de antiamor, sino que rezuma una maldad intrínseca.

Las personas con este trastorno de personalidad desprecian los derechos, los sentimientos y los deseos de las demás. No consiguen adaptarse a las normas sociales, ya sean éticas o jurídicas, y tampoco parece importarles demasiado. Si tienen que engañar y manipular al prójimo para conseguir poder, sexo o dinero, lo hacen sin remordimiento alguno, ya que transgredir la ley y los patrones de conducta establecidos está en su naturaleza

Impulsivas crónicas, este tipo de personas toman decisiones demasiado a la ligera, sin reflexionar, prevenir o sopesar las consecuencias de sus actos. Es frecuente, por tanto, que cambien a menudo de trabajo, de lugar de residencia y de amistades. Irritables y agresivas, encarnan el cóctel perfecto para el maltrato. Esto no significa que tras todo caso de violencia de género haya un trastorno antisocial, pero sí en un buen porcentaje. El problema, además, es que se justifican con argumentos superficiales y falsos según los cuales sus víctimas merecen el castigo por estúpidas o débiles.

Otro rasgo identificativo es su temeridad: desprecian su seguridad y la de los demás de forma llamativa. Es común apreciar esto en su manera de conducir (suelen tener y provocar numerosos accidentes), su comportamiento sexual (a menudo osado, sin reparar en medidas anticonceptivas o de protección contra las enfermedades venéreas) o el abuso de drogas. Pero su continua y extrema irresponsabilidad no acaba aquí, porque también suelen practicar el absentismo laboral injustificado y ser morosos recalcitrantes.

La lista de virtudes es larga: insensibles, cínicas, engreídas, arrogantes, tercas y fanfarronas, aunque también muy autosuficientes, locuaces y superficialmente encantadoras. Muchas personas antisociales tienen un coeficiente intelectual elevado, lo cual las vuelve aún más peligrosas, debido a la sutilidad con la que pueden llevar a cabo sus planes. Adictas a las emociones intensas, son incapaces de controlarse, pero se sienten orgullosas de ser como son, cosa que dificulta el tratamiento de su patología, con la que conviven encantadas.

Comportamiento afectivo

En cuanto a su modo de amar, no cabe albergar muchas esperanzas, pues estamos ante la antítesis del altruismo. En esencia, lo que buscan en su pareja es una mera satisfacción de necesidades básicas y poco más, es decir, que cosifican a la otra persona, la convierten en un simple medio al servicio de sus bajos instintos y de un desmesurado egocentrismo. A propósito de esto último, es posible que alguien encuentre ciertas similitudes con la personalidad narcisista, así que conviene hacer un pequeño paréntesis para diferenciar ambos trastornos.

La persona narcisista tiene un alto concepto de sí misma, pero necesita el halago de las demás para autoafirmarse. Como se sobrevalora, acaba menospreciando a los demás, especialmente a su pareja. Ella es más y mejor, mientras que la otra es menos y peor. La persona antisocial, en cambio, también manifiesta una autoestima elevada, aunque no necesita que la adulen. Esa autosuficiencia y seguridad en sí misma, unidas a la completa falta de ética y empatía que demuestra, le hace concebir una existencia despojada de humanidad, más cercana a las distorsiones del darwinismo social que a una vida civilizada. En la jungla en la que cree esta inmersa, debe competir siempre que sea posible, respetar al más fuerte y dominar al débil, al que considera despreciable (un paso más allá del menosprecio del que hace gala la persona narcisista). No ama a su pareja sino que la considera como una posesión más, convirtiéndola en un objeto y anulándola como persona.

En semejante escenario es difícil que una relación prospere, pues no hay el menor atisbo de compromiso y cuando alguien no se siente obligado a nada desaparecen la culpa y los remordimientos. Esta irresponsabilidad interpersonal no es fruto de una cierta estrategia, como en el caso del trastorno pasivo-agresivo, sino algo congénito y, por ello, muy difícil de modificar.

Tipología de las posibles parejas

Al hablar de cada trastorno de personalidad y llegar a este punto no se puede evitar formular con sorpresa las preguntas: “¿pero alguien puede engancharse en una relación amorosa con una persona semejante?, ¿por qué?”. Pues bien, la estupefacción llega a su máximo grado en el presente caso, porque cuesta creer que una persona aparentemente sana e inteligente quede atrapada en este tipo de relación tóxica.

Debido a la triste actualidad de la violencia de género —sufrida en la inmensa mayoría de los casos por las mujeres— y a la extrema sensibilidad del asunto, vale la pena decir algo al respecto. En ningún caso debe interpretarse que los rasgos de personalidad que se expondrán a continuación son una especie de justificación de un comportamiento violento, ni nadie debe sentirse culpable por identificarse con alguno de ellos, pero es cierto que reducir la cuestión a una dinámica de víctimas y verdugos es útil jurídica o policialmente, pero apenas es rozar la superficie de la cuestión. Para entender hay que profundizar e ir más allá, porque en muchos casos se trata de relaciones muy largas que se establecieron y fortalecieron con un consentimiento mutuo. Entonces, y volviendo a las preguntas del párrafo anterior, lo relevante desde un punto de vista psicológico es qué carencias o vulnerabilidades pueden predisponer más a que alguien caiga en las redes de un ser antisocial.

En primer lugar, personas con debilidad crónica que piden a gritos un defensor. Permanentemente atemorizadas por mil y una causas, buscan sin descanso un guardaespaldas que les ofrezca una seguridad que confundirán con el amor. Esta necesidad, que con asiduidad inaugura algún tipo de dependencia, es apremiante en entornos violentos. Hay una lógica evolutiva implacable tras todo eso: a mayor fuerza física de la pareja, más oportunidades de supervivencia. Los problemas empiezan cuando el pendenciero, el soldado o el luchador de turno se quedan sin enemigos ni batallas que librar, porque lo más probable es que su furia y agresividad se descarguen sobre la persona más cercana. En otros contextos sociales puede funcionar igual, cambiando la fuerza física por la crueldad: el mundo de los negocios, por ejemplo, suele estar plagado de personas voraces y sin escrúpulos, muy cotizadas en el mercado afectivo de otras frágiles y desamparadas.

Luego está ese tipo de personas que necesitan a alguien con coraje a quien admirar y acaban cometiendo el error de fijarse en la persona equivocada, porque en el comportamiento antisocial no hay nada de eso. En su Ética, Aristóteles definió la virtud como el punto medio de dos vicios opuestos. El inconveniente aquí es reinterpretar al filósofo griego y pensar que el valor va a surgir por arte de magia, simplemente intentando compensar la cobardía con temeridad, defecto contrario del que sí anda sobrada la persona antisocial.

Finalmente, personas adictas al peligro que acaban transformando la relación en una sociedad criminal. Aquí, el tipo de vínculo es de igual a igual, sin dominadores ni dominados; a lo sumo alguien que adopta un rol de liderazgo mientras la otra persona actúa como ayudante (un caso típico podría ser el que muestra la película Bonnie and Clyde). La baja tolerancia al aburrimiento y al miedo precisa alimentarse de emociones fuertes para obtener placer y distracción sin fin, pero el fin llega en un momento u otro y no suele ser nada agradable.

Advertencias y recomendaciones

Las estrategias de supervivencia en este caso llevan a parecidas y tenebrosas consecuencias: sumisión total a la persona amada esperando el milagro, lo cual lleva a una anulación como persona; u oposición ingenua, que puede llevar a una anulación aún más radical (como mínimo, todo aquel que intenta poner en su sitio a una persona antisocial acaba teniendo que recurrir a las autoridades). Está claro que pretender una relación saludable cuando la otra persona carece de empatía, maltrata o hace de la irresponsabilidad bandera es un comportamiento que raya en lo suicida.

En lugar de la fórmula habitual que concluye estos artículos sobre relaciones tóxicas, esta vez toca un canto a la prudencia, porque la peligrosidad del comportamiento antisocial así lo exige. Naturalmente que el trastorno tiene grados, pero no es cuestión de tomarse las cosas a la ligera si se observan síntomas. Vale la pena buscar ayuda de todo tipo a la mínima sospecha, porque lo que hay en juego es demasiado.