Consideraciones etimológicas

De la raíz indoeuropea sed-, que significa “sentar(se)”, en latín se formó el vocablo sedere para designar el hecho de ocupar, habitar o morar en algún lugar. Añadiendo a esta palabra el prefijo ob —que podría traducirse como “hacia adentro”, “delante de” o “sobre”, según convenga— se formó el sintagma verbal obsedere, que quería decir “establecerse delante”, de modo que existe un uso literal del término, que adoptó, por ejemplo, el lenguaje bélico para referirse al cerco o sitio de una ciudad. Del participio pasivo de este verbo, obsessus, se deriva el sustantivo obsessio.

He ahí el origen formal del término castellano “obsesión”, cuyo significado actual, sin embargo, necesita de un añadido explicativo. La plasticidad semántica del lenguaje permite la analogía según la cual una idea que se presenta tercamente ante nuestra conciencia bien podría ser como un ejército tenaz a las puertas de una polis amurallada. Así, este uso metafórico permitió usar la misma palabra para señalar a aquellas personas en quienes se entroniza un cierto pensamiento de forma persistente y enfermiza.

Durante los siglos XIV a XVI, en Europa prevaleció la concepción de que los trastornos obsesivos eran producto del demonio o de espíritus malignos. Prueba de ello es la edición del diccionario de la RAE de 1780, donde se afirma que la obsesión se diferencia de la posesión en el hecho de que, en el primer caso los espíritus malignos se hallan alrededor (sobre, delante) de la persona, mientras que el segundo caso entran dentro del cuerpo. En cuanto a los adjetivos “obseso” y “poseso” abunda en la misma cuestión, subrayando que el primero se aplica a “los que tienen arrimados los espíritus malignos, que los cercan y rodean, atormentándolos y molestándolos, pero sin adentrarse dentro de la criatura, a diferencia de los poseídos”. El concepto psiquiátrico, que es lo que interesa aquí, empezó a tomar forma a partir del siglo XVIII, cuando la palabra empezó a asociarse a la presencia de ideas, sentimientos o fantasías recurrentes, acompañadas de ansiedad.

Características de la persona obsesiva

Jacques Monod planteó en su obra El azar y la necesidad que, para que la vida apareciera y se desarrollara en nuestro planeta, fue indispensable que en el caos inicial se produjeran una serie de eventos moleculares extremadamente improbables. Podría decirse que las personas con trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) son las más implacables críticas de esa concepción. Aferradas a la idea de una existencia completamente determinada, sueñan con el control absoluto en todos los ámbitos: emocional, laboral, del ocio, etc. Para conseguir eso se valen de reglas, listas y formalidades bajo las cuales queda sepultado el verdadero objetivo para el cual fueron pensadas. La atención insana a protocolos, horarios y detalles triviales acaba saboteando la actividad principal y vaciándola de contenido. El nivel de perfección y rendimiento que pueden llegar a imponerse en un proyecto es tan alto que dificulta enormemente que este llegue a concluirse, lo cual les genera un intenso malestar.

Atormentadas por la idea de perder el tiempo, excluyen todo lo que tenga que ver con el ocio —en el que lo fortuito amenaza cada segundo— y se vuelcan con ahínco en las obligaciones profesionales: ese tipo tareas productivas están sujetas a normas conocidas, pero el resto es una fuente de circunstancias incontrolables. Sin tiempo de recreo y abocados a una frenética actividad laboral, es difícil que entablen amistades o, al menos, que estas sean duraderas. A pesar de que el contexto social, cultural y económico en el que vivimos exalta a este tipo de personas —disciplinadas, respetuosas con la autoridad y con ilimitada capacidad de trabajo— y de que encajan a la perfección en cierto nivel de la maquinaria empresarial (no, por cierto, en las jerarquías superiores, donde es mucho más fácil que pulule el narcisismo), suelen ser reacias a delegar quehaceres, ya que consideran que las cosas deben hacerse a su manera, que es la mejor posible; por tanto, cualquier sugerencia que implique una forma alternativa de obrar les produce incomodidad. Tercas, escrupulosas e inflexibles, exigen a las demás y a sí mismas normas de comportamiento estrictas, reprochando sin piedad cualquier acción que interpreten como un error.

Con frecuencia, acumulan objetos gastados o inútiles, de los cuales no consiguen desprenderse aunque no tengan ningún tipo de valor. Su relación con el dinero es característica: en nombre de supuestas necesidades futuras, manifiestan un cierto grado de avaricia que las empuja a un nivel de vida inferior al que podrían permitirse. No suelen ser personas optimistas, ya que lo negativo capta irremediablemente su atención, obcecadas como están en perfeccionar y corregirlo todo. Esta tendencia se manifiesta a menudo en la limpieza, pues la fijación por lo aséptico es una tentativa más en pos del dominio de los objetos y las situaciones. Pero una cosa es aplicar ciertas normas básicas de higiene y otra bien distinta transformar el espacio circundante en un quirófano.

Un aspecto llamativo en las personas obsesivas es que a menudo no pueden evitar cerciorarse repetidamente de que algo está donde debe estar o en el estado en que debe estar: todos hemos vuelto sobre nuestros pasos alguna vez para asegurarnos de que una ventana está cerrada o de que un fuego de la cocina está apagado, pero si ese comportamiento se reitera en lapsos muy cortos debe, como mínimo, sospecharse de que subyace algún tipo de desorden.

Comportamiento afectivo

La peligrosa propuesta amorosa de las personas obsesivas suele articularse en tres ejes, cuyas consecuencias suelen ser muy limitantes para sus parejas, que acaban viviendo la relación como un auténtico castigo. En primer lugar, como se sobreestiman, acaban, por comparación consigo mismas, infravalorando a sus parejas, las cuales, bajo una vigilancia implacable, terminan cometiendo equivocaciones que no cometerían en otras circunstancias. Es un círculo vicioso que comienza con el temor al error, el cual genera un estado de ansiedad. En esas circunstancias, la persona manifiesta un bajo rendimiento que acaba provocando el temido fallo. Luego, este error predispone al temperamento obsesivo a vigilar aún más, con lo cual vuelve a aumentar la ansiedad de la víctima de turno. Por supuesto, es muy difícil que algún tipo de amor sobreviva a un contexto tan angustiante.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, se produce una toma de responsabilidad ilimitada por parte de la persona obsesiva: la percepción de la supuesta incapacidad de la pareja, más la imposibilidad de delegar en ella cualquier tarea, le obliga a tomar el control total de su vida en común. La mala noticia para ella es que esto significa dirigir la obsesión hacia ella misma, puesto que la otra persona queda en un vergonzoso segundo plano; así, la crítica y la exigencia se convierten en autocrítica y autoexigencia, que aumentan hasta que su peso es inaguantable.

Por último, está la cuestión de no mostrar los sentimientos, fruto del temor a que la pérdida del control emocional dé lugar a situaciones problemáticas o vergonzantes. Esta actitud disfraza una concepción errónea, en la que la que racionalidad y emotividad están contrapuestas, cuando en realidad son cosas complementarias; mejor dicho: lo emocional es parte de lo racional. La rigidez que provoca toda esta constricción lleva a un comportamiento artificial en el que ninguna emoción se desborda jamás, lo cual suele producir dificultades en el área sexual, que suele ser el lugar donde se pierden las normas de conducta. Por tanto, es frecuente que en las personas obsesivas se constate falta de deseo y dificultades para alcanzar el orgasmo (momento especialmente temido a causa de la confusión de tiempo y espacio que comporta).

Tipología de las posibles parejas

¿En qué circunstancias puede prosperar una relación tóxica en la que uno de sus integrantes es alguien con un trastorno obsesivo? Básicamente, cuando la otra persona presenta ciertas vulnerabilidades que facilitan el enganche. Por ejemplo, una que esté empeñada en compensar antiguos fracasos puede quedar deslumbrada por la coherencia y solvencia moral de una personalidad obsesiva. Pero valorar positivamente el compromiso, la responsabilidad o la fidelidad puede impedir ver otras cosas menos agradables. Otro caso es el de la persona con poco autocontrol, alocada, aunque arrepentida, que quiere sentar la cabeza tras una época de frenesí: es muy fácil que se crucen en el camino de personas redentoras obsesivas que pretendan rescatarlas de la juerga, la droga o, simplemente, de sí mismas. No hace falta ser un genio para darse cuenta de lo potencialmente enfermizo que puede resultar ese cuadro.

Y la tormenta perfecta: personas con autoestima baja que sueñan con alguien que resuelva sus problemas de forma eficaz. El perfeccionista atrae a los que se sienten imperfectos. No obstante, el alivio y la alegría iniciales de quien se quiere poco se convierten en agobio cuando el corrector se convierte en censor. Poco a poco, lo que enamoraba en un principio empieza a socavar la relación. La admiración y la esperanza de que el rigor ayude y compense se pierden al comprobar que la persona obsesiva es su peor crítica. Bajo el peso implacable del reproche, la autoestima decrecerá exponencialmente, que era lo que supuestamente iba a evitar la relación.

Advertencias y recomendaciones

La ansiedad que genera un excesivo control externo obliga a algunas víctimas a “pasarse al bando contrario” y volverse obsesivas por contigüidad, pero eso, lejos de constituir una estrategia saludable, solo incrementa el comportamiento maniático de los verdugos: hay un cierto síndrome de Estocolmo ahí. Contrarrestar de manera sutil la rigidez y solemnidad de la persona obsesiva para procurar un cierto equilibrio es como respirar bajo el agua con un tubo en vez de salir a la superficie.

Por otro lado, adoptar la táctica contraria y luchar contra la obsesión con dosis de caos, puede llevar a la persona con el trastorno a un límite en el que deberá decidir si es mayor su devoción por la relación que el miedo a la pérdida de control. Siempre es duro enfrentarse a las propias carencias, pero en este caso el asunto puede ser vivido con auténtico pavor.

Para terminar, tranquilizar como siempre a los que se sientan identificados con algo de lo descrito aquí: las personalidades son el resultado de un cierto equilibrio en el que participan un gran número de ingredientes. Como si fueran especias con las que sazonar un guiso, los rasgos se mezclan para ofrecer la diversidad de caracteres que conocemos. Siempre sobresale algún sabor por encima de los otros, así que es normal que uno pueda identificarse con este o aquel elemento que en otro contexto puede interpretarse como síntoma de un trastorno de personalidad, pero nada más lejos. En primer lugar, deben darse al mismo tiempo muchas de las características descritas; además, deben darse con la intensidad suficiente; y, por último, deben prolongarse en el tiempo. Deben, por tanto, provocar un malestar significativo que impida desarrollar la vida con una relativa normalidad.