La relación entre la mente y el cuerpo ha sido, desde siempre, una fuente inagotable de problemas. Las creencias religiosas primero, el pensamiento filosófico después y, por último, el conocimiento científico han intentado explicar de infinitas maneras cómo pueden interactuar lo material y lo inmaterial.

La mayoría de teorías, dualistas, dan por sentado que existen dos tipos de sustancias —una de carácter espiritiual y la otra física o de carácter natural— que se comunican de algún modo. De hecho, la separación entre psicología y fisiología alude, como mínimo, al carácter radicalmente heterogéneo de psyché (alma) y physis (naturaleza). El filósofo René Descartes pensaba que la glándula pineal era el locus (lugar) cerebral donde se producía la misteriosa transformación de lo abstracto en lo concreto, de pensamiento en acción; hipótesis modernas como la del neurobiólogo Sir John Eccles van en una dirección similar, a pesar del enorme progreso científico que se ha producido en los 400 años que separan a ambos pensadores.

Pero ha habido otros intentos de explicación, monistas, que han negado la existencia de una de las mitades del rompecabezas. El empirismo radical del obispo irlandés George Berkeley, por ejemplo, negaba la existencia de la materia. De modo similar, toda la tradición idealista otorga a las ideas una existencia independiente del mundo físico (como hacía Platón); una preeminencia, en diversos grados, de lo subjetivo con respecto a lo objetivo. Por otro lado, lo que hacen las corrientes materialistas es eliminar de la ecuación lo inmaterial. Un caso paradigmático visto aquí es el del conductismo, que solo concede realidad a los estímulos y a las respuestas, sin que sea necesaria la mediación de una mente. Actualmente, y tras la irrupción de las ciencias congnitivas, los científicos se inclinan por aceptar una solución de compromiso en la cual la mente es más bien un proceso, un modo de funcionar del cerebro, algo así como la diferencia que habría entre la digestión y el aparato digestivo.

En cualquier caso, lo que parece evidente es que lo fisiológico y lo psicológico pertenecen a categorías diferentes, aunque sea desde un punto de vista pragmático, y que existe una relación tan estrecha entre ellas que no puedan pensarse ya por separado. Prueba de ello es la importancia que desde la medicina se da a lo psíquico para explicar numerosas patologías. ¿Quién no ha oído hablar del origen psicosomático de cierta afección? En griego, soma significa cuerpo y la palabra compuesta alude a que algo psíquico se ha expresado en el cuerpo, de manera parecida a como una idea triste puede acabar provocando llanto y lágrimas.

En los trastornos somatomorfos, sin embargo, lo que ocurre es que, en principio, la evidencia de esa toma de forma (morphos) corporal no es constatable objetivamente. Es decir, que quien los sufre dice padecer ciertos síntomas físicos que ningún examen es capaz de verificar. En un próximo artículo mencionaremos los más importantes.