En el último cuarto del siglo XIX, neurólogos como Jean-Martin Charcot o su alumno, Sigmund Freud, y psicólogos como Josef Breuer o Pierre Janet, empezaron a estudiar un tipo de trastornos cuyo denominador común era que quienes los padecían referían una serie de síntomas, en su mayoría neurológicos, sin que fuera posible hallar una enfermedad o causa objetiva que los explicara. En aquel entonces, eran agrupados y diagnosticados como histeria, debido a que en su mayoría aquejaban a mujeres (para entender el porqué de esa denominación pueden consultarse las “Consideraciones etimológicas” del artículo de este blog sobre el trastorno histriónico de la personalidad).

La hipótesis freudiana era que el origen de estos trastornos había que buscarlo en conflictos sin resolver que generaban profundas emociones (de ira, miedo o aversión) que eran reprimidas y, en su búsqueda por ser expresadas de algún modo, acababan convirtiéndose (de ahí la denominación “trastorno de conversión”) en una gran variedad de síntomas histéricos. La mayoría de tales síntomas afectaban a las funciones motoras y sensoriales (parestesias, parálisis, ceguera, sordera…).

Como se vio en el artículo dedicado al psicoanálisis, Freud atribuía una importancia capital a la represión de la pulsión sexual como mecanismo generador de esa sintomatología. Hoy en día, ese punto tiene una consideración menor debido a circunstancias socioculturales (el contexto actual es infinitamente menos represivo para el sujeto en cuestiones sexuales); a pesar de ello, la concepción de los trastornos de conversión que se desprende, por ejemplo del DSM-IV, no anda muy lejos de las teorías del pensador vienés.

En primer lugar, por ejemplo, en ese manual se supone que los síntomas están asociados a factores psicológicos porque vienen precedidos por conflictos importantes o acontecimientos estresantes (no necesariamente relacionados con la esfera de lo sexual). También se hace hincapié en su carácter involuntario, lo cual descarta las simulaciones que se producen en otro tipo de trastornos. Además, se identifica la naturaleza esencialmente neurológica de los malestares (alteraciones de la coordinación y el equilibrio, debilidad muscular localizada, afonía, dificultad para deglutir, sensación de nudo en la garganta o retención urinaria). Por último —y esto da una idea de las referencias al substrato subjetivo que se le atribuye al trastorno— se señala que “los síntomas de conversión no se corresponden con mecanismos fisiológicos y vías anatómicas conocidos, sino que son el producto de las ideas que el individuo tiene de lo que es la enfermedad”. En relación con esto último se ha encontrado que la sintomatología depende en gran medida de factores como el grado de conocimiento de conceptos médicos y psicológicos del paciente.

Hay que tener en cuenta que no debe diagnosticarse un trastorno por conversión a la ligera, porque existe un porcentaje no despreciable de casos en los que, efectivamente, existe una patología neurológica, o de otro tipo, incipiente, que se revela con el tiempo (a veces son necesarios varios años para que se haga evidente). Por otro lado, el conocimiento actual de los mecanismos anatómicos y fisiológicos no es total y, por tanto, los métodos de valoración objetiva son limitados.