Skip to main content

Comienza con este escrito introductorio una serie de artículos dedicados al mundo de la pareja, territorio que solo se pretende explorar en una pequeña parte, pues abarcar toda su vastedad resultaría una empresa demasiado ambiciosa y ajena a los propósitos de este blog. Casi todo el mundo ha oído hablar de las relaciones tóxicas, lo cual indica que se trata de un fenómeno bastante extendido (enseguida se verá la causa de esa “popularidad”). No obstante, otra cosa bien distinta es que la familiaridad con el concepto vaya acompañada de una comprensión cabal y generalizada del núcleo del asunto, más allá de las innegables connotaciones de lo tóxico, que hablan de algo que contamina, que es dañino, negativo o, sencillamente, malo.

Qué es una relación tóxica

Acotar y comprender aquello que va a ser el objeto de estudio es, entonces, la primera cuestión a esclarecer. Así, como se ha dicho, el foco va a estar puesto en la pareja, pero esto no significa que no puedan existir relaciones tóxicas de otras clases: siempre que haya un vínculo afectivo de algún tipo existirá la posibilidad de que se vicie o pervierta de algún modo. Por otro lado, no cualquier pareja con problemas puede ser metida sin más en el saco de las relaciones tóxicas. Hay que ser conscientes de que incluso en las formas más simples de vida existe un germen de conflicto; por tanto, es natural que las relaciones humanas estén presididas por un carácter altamente problemático. Sin embargo, a lo que debe prestarse atención aquí es al momento en que las consecuencias de esa condición humana se adentran en una dimensión patológica, de manera análoga a como se hizo al hablar del miedo, que, exacerbado, puede convertirse en fobia.

Dicho esto, se está en condiciones de aventurar, sin ánimo dogmático, una posible definición: una relación tóxica es aquella en la que al menos uno de sus integrantes es infeliz, pero no de forma puntual, sino sistemática, repetida y prolongadamente; una relación en la que parece seguirse un patrón de conducta que provoca una gran insatisfacción, cuando el objetivo de compartir la existencia con otra persona es, teóricamente, estar bien, satisfecho o, en todo caso, mejor que solo.

Toxicidad y trastornos de la personalidad

Si se concede que existe la libertad de acción, resulta sencillo atribuir al azar o a la casualidad el hecho de que los caminos de dos seres humanos se crucen. Sin embargo, para que de un encuentro semejante surja una relación estable y duradera son necesarios diversos ingredientes y la participación activa de sus integrantes en un sentido u otro; más aún si la situación se vuelve asfixiante y no se es capaz de salir de ella.

Es obvio que las dinámicas de pareja son el resultado de la suma de dinámicas individuales y que, por tanto, en general, es difícil explicar los comportamientos de uno de los integrantes de esa pareja sin tener en cuenta los del otro. En el caso que nos ocupa, sin embargo, debe tenerse en cuenta lo siguiente. Existe un grupo de enfermedades mentales caracterizadas por un predominio malsano de algunos rasgos de carácter que, además de estar emparentados con ciertos arquetipos de personalidad, tienen asociados una serie de estilos afectivos, unos modos de amar peculiares que pueden acabar tomando el control de una relación y convertirla en una tortura. Se calcula que alrededor de un 25% de la población padece un trastorno de ese tipo con un grado más o menos severo. Esto, por una parte, explica el hecho de que tantas personas se hayan visto envueltas en una relación tóxica o conozcan a alguien que haya corrido la misma suerte. Por otra, obliga a replantearse el abordaje de esos casos, pues, si bien no deja de tener sumo interés qué es lo que impulsa al individuo que no padece el trastorno a establecer y/o continuar una relación así, parece evidente que quien genera la toxicidad es quien padece el trastorno.

Es importante tener presente lo anterior para no acudir a falsas explicaciones que intenten justificar el que alguien fracase una y otra vez en sus relaciones aludiendo a factores exógenos como la mala suerte o el destino. Detrás de esos continuos tropiezos hay, con toda seguridad, al menos un trastorno de personalidad más o menos agudo.

Metodología y objetivos

El modo de acercarse a una relación tóxica que va a ensayarse aquí va a consistir en estudiar aisladamente esos modos individuales de ser, de actuar y, sobre todo, de amar. Al hacerlo así, podrá determinarse qué grado de participación tiene cada integrante de la pareja en los aspectos problemáticos de la relación. Debe entenderse bien que no se trata de realizar un ejercicio acusador en el que se señale a culpables y se rescate a víctimas, aunque es cierto que muchas veces es inevitable pensar las cosas en esos términos. Más bien se trata de una cuestión pragmática: comprender el modo de amar del otro y el propio, para comprender la relación y poder valorar hasta qué punto está justificada

Así pues, en cada uno de los próximos artículos, un trastorno de personalidad, de forma que se haga hincapié en los rasgos principales del estilo afectivo asociado, las vulnerabilidades personales de quien encaja o se engancha en la relación, los costos que puede suponer mantenerla y una ayuda para el reconocimiento de ciertos patrones de conducta.

Naturalmente, ese trabajo no va a suponer un sustitutivo de una terapia (ni siquiera de una sola sesión con un profesional especializado), sino simplemente una herramienta para pensar y pensarse en el amor y, llegado el caso, saber detectar cuándo se ha cruzado esa difusa frontera que nos separa de lo patológico.

Más artículos en nuestro blog sobre relaciones tóxicas: