Características de la persona pasivo-agresiva

El rasgo fundamental de este trastorno es la marcada ambivalencia que muestran las personas que lo sufren y que se manifiesta en un comportamiento que fluctúa, no entre episodios maníacos y depresivos, como podría ser el caso en el trastorno bipolar, sino más bien entre dicotomías más sutiles y complejas: apatía y hostilidad, conformismo y rebeldía, sumisión y agresividad. Se ha especulado con que la causa de esto resida en el hecho de que estas personas tienen un pobre concepto de sí mismas y se consideran poco valoradas, lo cual les produce, por un lado una profunda infelicidad, pero por otro, un fuerte deseo de superación. Sin embargo, nunca llegan a autoafirmarse plenamente y el deseo se convierte en frustración. De ese modo se genera un movimiento pendular que oscila entre estados de desánimo, en los que reinan la queja y el fastidio, y fases subversivas en las que se satisfacen socavando las expectativas y el bienestar ajenos para intentar valorarse positivamente.

Las personas pasivo-agresivas sienten un desprecio irracional por cualquier tipo de autoridad y practican una resistencia no violenta a las obligaciones laborales y los deberes sociales. Esta característica, que a menudo es vista como un signo de indolencia e, incluso, de ineptitud, puede resultar exasperante y ser un motivo de conflicto o rechazo, dadas la hostilidad y la facilidad para la disputa que ostentan tales personas. Además, debido a su baja autoestima, con frecuencia sobrevaloran la fortuna o los atributos de quienes las rodean, cosa que da lugar a lamentaciones, envidia y resentimiento por una supuesta buena suerte de la que ellas no participan.

Escépticas empedernidas, estas personas viven instaladas en un pesimismo pertinaz que disfrazan de realismo. En algunas ocasiones muestran una gran labilidad emocional, con frecuentes manifestaciones de ansiedad y depresión. En otras, existe en ellas una tendencia al desplazamiento emocional, que provoca liberación de angustia en situaciones en las que no corresponde, trastornos psicosomáticos u olvidos inexplicables.

Comportamiento afectivo

Cuando las características descritas se trasladan al ámbito interpersonal de una relación de pareja tienen importantes consecuencias. En primer lugar, las personas pasivo-agresivas necesitan una figura de autoridad porque se ven a sí mismas débiles, pero, al mismo tiempo necesitan ser libres e independientes de cualquier tipo de control. Así, viven la relación como una dualidad irresoluble: el afecto de la otra persona las asfixia, pero su alejamiento las desespera y acaban por acercarse o alejarse según su estado de ánimo, o sea, según un criterio imprevisible y subjetivo que acaba por trastornar a la otra persona.

La estrategia para resolver este conflicto de ambivalencia consiste en quedarse a medio camino y usar las ventajas que le brinda la pareja (seguridad, protección…) sin asumir ningún compromiso ni incomodarse. Tal actitud tiene la paradójica consecuencia de aceptar a medias para no perder del todo a la otra persona, de modo que la relación acaba siendo interpretada como un mal necesario que hay que sabotear, pero no eliminar del todo. Este complicadísimo ejercicio de navegación entre dos aguas suele demandar un esfuerzo táctico supremo, porque si el amor es coercitivo debe subvertirse, pero no hasta el punto de perder a la otra persona. Excusas, mucho cinismo y poca iniciativa sexual deben convivir con el arrepentimiento y la sumisión de forma casi imposible. Ni contigo ni sin ti.

La artimaña por excelencia para torpedear la relación es un pesimismo desaforado que transforma cualquier posibilidad de que algo sea bueno en la seguridad de que es y será malo. La habilidad por poner al buen tiempo mala cara de forma mesurada pero insidiosa resulta insoportable y en muchas ocasiones, si la otra persona no tiene conciencia de con quién se las tiene que ver, puede ser contagiada y llevada a un sombrío desánimo: deprimida y apática, tal vez no sea capaz de identificar el origen de sus males.

Tipología de las posibles parejas

Como en los otros tipos de relaciones tóxicas, después de pintar el retrato de este trastorno de personalidad surgen serias dudas de que alguien pueda involucrarse en una relación afectiva con semejantes antecedentes. Sin embargo, como también se viene repitiendo, siempre hay un roto para un descosido.

El primer tipo de persona candidata es aquella que, enarbolando el lema “necesito que me necesiten” y haciendo gala de un fuerte instinto de protección, hallará en la inseguridad de la persona pasivo-agresiva un reto y una oportunidad para poner en práctica el mecanismo compensatorio que implica el impulso paternal o maternal del que rebosan. Seducida por la ternura que otorga la fragilidad encontrará sumamente atractivo atender y proteger a la persona desvalida y hacerse cargo de sus problemas como forma alternativa de poseerla; vivirá la relación como si de una adopción se tratase, sin tener en cuenta que su auxilio hará aumentar exponencialmente las necesidades de cuidado de su pareja.

Otro caso destinado a verse envuelto en un peligroso juego amoroso con una persona pasivo-agresiva es el de las personas despreocupadas y perezosas que no soportan la responsabilidad de tener una pareja. Su máxima reza: “necesito que no me exijan nada”. Supuestamente bien pertrechadas con la premisa pueril de que una auténtica relación afectiva no debe suponer ninguna (o casi ninguna) obligación, pretenden hacer frente a la dejadez extrema, disfrazada de tranquilidad, de sus compañeros o compañeras.

Recomendaciones y advertencias

Existen dos estrategias contrapuestas para intentar gestionar este tipo de relaciones tóxicas. La primera de ellas consiste en adoptar a la persona pasivo-agresiva en un ejercicio altruista de entrega en pos de la felicidad ajena. Llevar esto a la práctica es casi una quimera, porque por muy devota que sea una persona, siempre tendrá expectativas inconscientes de que de algún modo lo dado le sea devuelto. En este caso, sin embargo, eso no ocurrirá, lo cual puede resultar tremendamente triste y frustrante.

La segunda, combativa, se basa en no dejarse manipular y exigir una relación madura, actitud que a buen seguro será interpretada como una señal de autoritarismo y una amenaza a la libertad. La oposición, por tanto, dará como resultado un incremento de las acciones subversivas, lo cual puede llevar a que la persona pasivo-agresiva intente romper la relación en busca de una persona menos “despótica” y más amable. Tal vez, con suerte, si el miedo a perder a la pareja prima sobre el deseo de libertad, es posible que esa persona llegue a aceptar ayuda psicológica.

Por último, debe tenerse en cuenta la siguiente consideración, que ya está a punto de convertirse en un mantra. Las descripciones realizadas aquí conforman una visión idealizada de un tipo de personalidad; es francamente complicado que alguien posea todas y cada una de las características mencionadas y, además, en el grado y manera en que se mencionan. Por otro lado, es muy posible que muchas personas detecten algún rasgo, en ellas mismas o en otras personas, que coincide con lo aquí explicado. En modo alguno eso significa que padezcan una enfermedad, pues para que esas características constituyan un trastorno de la personalidad deben ser inflexibles, persistentes y ocasionar un deterioro funcional o malestar subjetivo.