Skip to main content

La fobia, desde el punto de vista de la psiquiatría moderna, está catalogada dentro de los trastornos de ansiedad. Para entender en qué consiste dicho trastorno y a qué se debe esa clasificación, antes de adentrarnos en el complejo mundo de las fobias, sus causas y clases, se hace necesario un preámbulo en el que estudiar brevemente la historia de los términos implicados y su uso —de forma parecida a como se procedió en el caso de la ansiedad— en aras de una mejor comprensión de la temática.

La palabra “fobia” apareció en castellano hace apenas poco más de un siglo y deriva de phobos, que entre los griegos significaba temor o aversión. Es significativo que este vocablo, a su vez, proceda de la raíz indoeuropea bheg- (huir), pues indica que en un principio se usó para designar no la emoción concreta, sino el comportamiento de evitación que esta provocaba (huir de algo es temer ese algo). Pero aquí surgen inmediatamente dos preguntas: en primer lugar, y dada la relativamente tardía introducción de “fobia” en nuestra lengua, ¿qué palabra se usaba antes para referirse a una emoción tan antigua y fundamental?

Las lenguas románicas no tomaron del griego los términos en este caso, sino del latín, concretamente del verbo pavere, que dio pavor, con un significado análogo al griego phobos. De allí surgió el italiano paúra, el francés peur, el catalán por y, por supuesto, el cultismo “pavor” en castellano, aunque la historia en nuestro caso es curiosamente distinta, pues hubo otra palabra, de origen ciertamente oscuro, que, por algún motivo, tuvo mayor fortuna: metus, la cual, como ya se imaginará, derivó en la de sobras conocida “miedo”. Así, este breve relato nos lleva a la segunda pregunta. Teniendo una buena colección de palabras para referirse a lo mismo: “pavor”, “temor”, “miedo”…, ¿para qué “fobia”?

A partir del último cuarto del siglo XIX, en los albores de la psicología científica, un buen número de especialistas empezaron a acuñar y utilizar una serie de palabras que contenían el sufijo phobia para nombrar una serie de comportamientos anómalos que venían siendo estudiados desde hacia cierto tiempo: agorafobia, claustrofobia, ictiofobia, acrofobia, etc. Al poco tiempo, ya a principios del siglo XX, comienza a aparecer en algunos diccionarios de castellano el sustantivo “fobia” para dotar al simple miedo de una cierta gradación y una dimensión patológica. Esto puede comprobarse hoy en el Diccionario de la Real Academia, donde se define la fobia como aversión exagerada y como temor incontrolable ante actos, ideas, objetos o situaciones, que se sabe absurdo y se aproxima a la obsesión.

Puede preguntarse qué tiene que ver todo esto con la ansiedad. La respuesta es más o menos simple. El miedo aparece ante una situación o un estímulo presentes y prepara al organismo del que lo sufre para la huída, segregando hormonas y neurotransmisores que producen una serie de cambios fisiológicos. En cambio, la ansiedad está más relacionada con la anticipación de un peligro, a veces de forma inconsciente, cosa que otorga a la sensación la apariencia de una falta de causa para el temor. Sin embargo, gran parte de los efectos que sufre el cuerpo en uno y otro caso son los mismos, como se explicó en un artículo anterior al hablar de sintomatología de las crisis de angustia. Muchas fobias pueden producir ataques de pánico, mientras que ciertos comportamientos fóbicos se hallan indisolublemente ligados a ciertos trastornos de ansiedad.