La clasificación de las emociones humanas es tan diversa como interesante, pero si hay algo en lo que han estado de acuerdo los autores de todas las épocas es en incluir el miedo entre las principales, tanto por su intensidad como por su irreductibilidad. No sería descabellado afirmar que el miedo ha permitido que las formas de vida complejas de este planeta hayan podido evolucionar, al ser capaz de desencadenar las respuestas fisiológicas necesarias para huir o enfrentarse a los peligros y, en última instancia, sobrevivir. Vale la pena tener esto en cuenta para entender el tipo de síntomas que se describirán aquí.
Como se dijo en un artículo anterior (Ansiedad y angustia), el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales se refiere al ataque de pánico como “crisis de angustia”. Más que constituir una enfermedad en sí misma, se trata de un episodio más o menos breve que puede producirse en personas que sufren algún tipo de trastorno de ansiedad y que está caracterizado por la aparición súbita de un terror intenso. Según la posibilidad de atribución causal, las crisis de angustia pueden ser: inesperadas, cuando no tienen un motivo aparente, cosa que añade un matiz de inquietud; o situacionales, cuando ocurren inmediatamente después de la anticipación o exposición a un determinado estímulo (como en el caso de una fobia).
A través de la mera observación es posible catalogar una serie de síntomas objetivos, es decir, detectables por una tercera persona, que acompañan a un ataque de pánico: aumento de la frecuencia cardíaca, con aparición de palpitaciones o taquicardias; sudoración excesiva; temblores o sacudidas; desmayos. Además, existe otro tipo de síntomas, más subjetivos, de los cuales se tiene noticia a través del relato de los individuos que sufren estas crisis de angustia. Dentro de este grupo puede aún diferenciarse una esfera de tipo fisiológico de otra de corte más psicológico. Las sensaciones corporales descritas abarcan los siguientes síntomas: náuseas; falta de aliento; ahogo o atragantamiento; opresión o malestar torácico; mareos e inestabilidad; escalofríos y sofocos; hormigueos y entumecimientos (parestesias). Entre las otras, más complejas, se encuentran el miedo a morir, frecuentemente de un ataque al corazón o de un infarto cerebral; el miedo a perder el control o la razón y “volverse loco” (sufrir algún tipo de enfermedad psiquiátrica); la sensación de irrealidad, de no reconocimiento o extrañeza del entorno; la despersonalización o sensación de estar separado de uno mismo, fuera de sí.
Dejando de lado la distinción, un tanto artificial, entre el ataque de pánico y la llamada crisis sintomática limitada, que solo tiene en cuenta el número de síntomas concomitantes en cada caso (cuatro o más para el primero y menos de cuatro en la segunda), es importante entender que ante la aparición de este tipo de trastornos hay que ponerse en manos de profesionales sin dudarlo. El equipo de Terapium está perfectamente capacitado para abordar el tratamiento de las crisis de angustia desde diferentes ángulos, con rigor y siempre teniendo en cuenta las particularidades de cada individuo, de modo que sea el terapeuta quien se adapte a él y no al revés.