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Fobia específica

La antigua denominación de este tipo de ansiedad —fobia simple— hacía un flaco favor al esclarecimiento e identificación del trastorno, pues en verdad no hay nada que sea sencillo aquí. Fundamentalmente, el problema consiste en saber transitar esa zona gris que existe entre el miedo y la fobia, y poder discernir el momento en que se cruza el umbral de lo patológico. En efecto, como se vio en un artículo anterior, se está hablando en este caso de una cuestión de grado, es decir, no cualitativa: se trata de distinguir entre el miedo, en tanto que emoción insoslayable y necesaria, del terror exagerado que se produce en las fobias.

En primer lugar y como el nombre indica, para que se esté ante una fobia específica, debe existir un objeto o una situación bien definidos que sean la causa directa de la ansiedad. Además, el trastorno debe persistir en el tiempo, no puede tratarse de un mero hecho puntual. Luego, también es preciso constatar que la intensidad del malestar interfiera significativamente con las actividades del individuo que lo padece, cuestión que a veces es bastante relativa. Sin duda, estos criterios son necesarios, pero surgen serias dudas acerca de si son suficientes, porque en muchas ocasiones puede sentirse un temor ante una causa específica; puede que ese temor aparezca en situaciones similares durante toda la vida; puede que sea suficientemente incapacitante; y, sin embargo, puede ser coherente con el contexto, de modo que en ese caso se hablaría de simple miedo, no de fobia específica (por ejemplo, es normal —casi obligado, se diría—, que un reportero de guerra se asuste con más o menos intensidad ante determinadas situaciones relacionadas con su trabajo).

¿Existe, por tanto, algún factor más que pueda añadirse en la concreción de una fobia específica? La respuesta es afirmativa y pueden señalarse dos elementos, relacionados respectivamente con la anticipabilidad y la irracionalidad. En efecto, el primero tiene que ver con el componente ansioso y los comportamientos de evitación que este puede generar, a pesar de que en algunos casos el fóbico puede llegar a soportar estar ante el objeto o la situación temidas (eso sí, con sumo terror). El segundo, en cambio, alude más bien a la conciencia o reconocimiento de que el miedo experimentado es excesivo o absurdo. Este hecho es decisivo para diferenciar la fobia específica de actitudes similares en ciertos trastornos psicóticos. De todos modos, hay en este último punto un pero, dado que es aplicable solo a adultos y adolescentes, pero no a niños, que perfectamente pueden no darse cuenta de la gratuidad de su pánico. Vale decir que el diagnóstico de estos trastornos en niños es un caso aparte por este motivo y también por el hecho de que en un porcentaje elevado de los casos la fobia desaparece. Aún así, no debe tomarse a la ligera cualquier conducta fóbica que pueda detectarse en la infancia.