Al hablar del siglo pasado resulta realmente complicado pasar por alto la importancia del pensamiento de Sigmund Freud, no solamente en lo que atañe a la estructura y funcionamiento de la psique humana, sino también por los aspectos filosóficos de sus teorías. Es cierto que en las últimas dos décadas se ha llevado a cabo una revisión severa y una puesta en cuestión de muchas de sus afirmaciones, pero, sin embargo, más allá de la validez o pertinencia de esas críticas, es indudable la influencia de las aportaciones de Freud en el desarrollo de las ciencias “psi”. A este respecto, cabe señalar que fue desde el psicoanálisis que comenzaron las investigaciones de obras literarias o plásticas en relación con la biografía de sus autores. El objeto de dichos estudios consistía en intentar desvelar las problemáticas profundas enquistadas en ciertas vivencias.
Esta metodología influyó decisivamente en muchos ensayos de patografía, cuyo fin último era revelar la esencia psicológica de ciertos autores a partir de sus obras, asimiladas muchas veces a producciones oníricas. Se puede constatar aquí la importancia de la irrupción del mundo de los sueños en la terapéutica y en el juicio estético, es decir, tanto como clave descifradora de ciertas realidades parcialmente ocultas, como, también, en tanto que fuente y materia prima de la creatividad artística. Hacia mediados de siglo la psicopatología de la expresión consideraba una obra de arte como un mero síntoma, susceptible de ser clasificado y cotejado con otros documentos clínicos, como un indicador de la enfermedad y de la personalidad del paciente.
Numerosos autores empezaron a interesarse por las conexiones que se presumía que existían entre el proceso creativo y la estructura de ciertas enfermedades mentales. En sus obras pretendían aclarar las condiciones internas que podían poner en marcha la actividad artística, es decir, ser capaces de asistir desde un punto de vista privilegiado a la génesis de la creatividad misma. En ese proceso se dieron cuenta de que ciertos trastornos favorecían a veces la eclosión de la actividad creadora. Por tanto, enseguida se intentó relacionar el arte de algunos alienados con las orientaciones artísticas de la época.
Ese territorio que constituye la arteterapia fue formándose con viajes intelectuales llevados a cabo desde la psiquiatría, la neurología y la psicología hacia el arte, pero el mapa no sería completo si nadie hubiera realizado el camino inverso. A ese respecto puede tenerse en cuenta, por ejemplo, la influencia del surrealismo, que intentó tejer un hilo conductor entre dicotomías como sueño/vigilia y razón/locura con medios puramente artísticos. También, por cierto, la aparición del Art Brut, antepuesto a lo que algunos autores entendían como artes culturales, más dependientes de teorías estéticas que de la libertad creativa. Para esta corriente solo podía alcanzarse una cierta verdad creativa desde regiones situadas más allá de las imposiciones de la razón y la lógica, con una necesidad irreprimible y con un desconocimiento de ciertos cánones culturales. Sus defensores consideraban que estas condiciones se cumplían en los internamientos psiquiátricos de larga duración o en la marginalidad social.
Otro origen de la arteterapia lo hallamos en el desarrollo de la psiquiatría infantojuvenil, cuyo hito principal, para lo que aquí se estudia, es la toma de conciencia y la aceptación de que no siempre es posible o deseable una intervención basada en un lenguaje verbal introspectivo, sino que resulta infinitamente más adecuado remitirse a la ficción o a diferentes lenguajes no verbales como el plástico, el sonoro o el corporal.