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Tras rastrear en los siglos XIX y XX las ideas y prácticas cuyo desarrollo intelectual hizo posible la aparición de la arteterapia, ha llegado el momento de caracterizar, aunque sea resumidamente, en qué consiste hoy esta herramienta, de modo que se comprendan las bases sobre las que se sustenta su funcionamiento, los medios a través de los cuales actúa y a quién va destinada.

Antes que nada, hay que subrayar que quien se someta a este tipo de intervenciones terapéuticas no necesita tener talento ni dominar ninguna técnica creativa especial. Esto es así porque lo que interesa es menos el producto final —la obra— que el proceso de su creación. En efecto, lo que se busca es una transformación positiva del sujeto a través de las formas artísticas, cuya producción es una analogía de la exploración de los conflictos y enigmas que lo atormentan. Así, la creación es concebida como metáfora de la terapia misma y, al mismo tiempo, como tentativa de construcción de una narración que pretende traducir la violencia y el caos interior en armonía y comunicación.

Alcanzar ese objetivo fundamental conlleva colocar a lo humano en el centro del espacio arteterapéutico, de modo que: a) sea objeto de representación, b) se convierta en sujeto de representación, c) forme un híbrido con ciertos elementos y d) se utilicen sus emanaciones. Los medios para conseguir lo primero son la escritura —a través de proyectos autobiográficos, talleres de redacción o intercambios epistolares poéticos, por ejemplo— y las artes visuales (pintura, escultura, fotografía, creación cinematográfica y videográfica, etc.). Lo segundo significa poner al ser humano en escena, o sea, usar el teatro (dramaterapia) y la danza, con todas su variedades de expresión corporal. Lo tercero supone explorar las múltiples posibilidades que ofrece el trabajo con títeres y máscaras. Merece seria atención una fusión de esto último con lo teatral a través del maquillaje y la creación de personajes como el clown. La cuarta y última de las estrategias enumeradas se vale de la música y la voz para sus fines, pero no como en las terapias receptivas tradicionales, basadas en la audición musical, sino de forma que dé lugar a una musicoterapia activa y productora de sonidos mediante la voz y los instrumentos musicales.

Para acabar, vale la pena llamar la atención sobre el hecho de que el sujeto sobre el que es posible realizar un trabajo arteterapéutico no es solamente el que sufra un trastorno mental, sino por ejemplo: el adolescente, con el fin de metaforizar su transformación corporal en busca de la propia identidad; la persona marginada (presos, vagabundos…), para que encuentren su propio lugar haciendo emerger una expresión profunda, personal y cultural; el discapacitado físico, necesitado de asumir una diferencia (congénita o sobrevenida); quien por vejez u otras causas esté próximo a la muerte; y, en fin, todo aquel que haya sufrido un trauma o una pérdida que reclamen un proceso de duelo.